miércoles, 18 de octubre de 2017

Roberto Bolaño: algunas precisiones biográficas

Por Hernán Ortega Parada


Actual estado de la casa de El Retiro. Hay una placa. Ella, la poeta Annabella Brüning.


La bolañomanía es cierta en lengua inglesa y en español. Su obra es ineludible para los que leen y para los que escriben; al final, un considerable porcentaje se rinde ante el arte del narrador. Dicho sea de paso, me parece críticamente que su poesía es epígona de su prosa y, por lo tanto, forma parte del total de una obra. En “La Belleza de Pensar” (programa de televisión conducido por Cristián Warnken), Roberto Bolaño expresa: “La poesía es un gesto de adolescente”, dicho ambiguo que acepta varios sentidos. Uno: que su poesía fue un peldaño importante. Dos: que la poesía es un elemento primigenio en todo arte. Y él recuerda a Van Gogh y a Lautréamont. También declara que la gran poesía está en la escritura de Proust y de Joyce, como si pudiera aplicarse esta ley a su trabajo personal para que nosotros nos expliquemos a qué se debe, grosso modo, el encanto de su prosa.

Para los que entendemos que la creación literaria es inseparable de la biografía del creador, ponemos mucha atención en las informaciones que circulan principalmente en la web y en algunos artículos de prensa. Aparte del placer de la simple lectura de los poderosos textos de Rimbaud, llegamos a la posesión total cuando investigamos en su formación como adolescente fuera del hogar y como artista; a partir de lo cual, cuando sabemos que él se leyó la totalidad de la poesía ubicable en la Francia de su tiempo, y escribió poemas en latín para varios de sus compañeros de colegio sin que el profesor atinara a sospechar que tras ellos había una sola mano, un solo cerebro, comprendemos por qué se atrevió a exigir que “el arte precisa de formas nuevas”.

¿Tiene Roberto Bolaño Ávalos algo de Arthur Rimbaud? La pasión por la lectura, a tempranísima edad, sí los une. En lo que además es cierto, Roberto también bajó a los infiernos en su vida; refiriéndome, por cierto, a los años y al trabajo intelectual que él devoró antes de asomar su rostro a los cielos.

Hablemos de precisiones novísimas para el caso: Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. Muy niño, comenzó a leer y a jugar fútbol en las calles de El Retiro, Quilpué, lugar que conozco como un viejo paraíso que ya no existe (ese edén sombreado  y tranquilo).  Su madre, Filia María Victoria Ávalos Flores, que en efecto era profesora (todavía no sé si de primaria o de secundaria), nació en Tacna el 31.07.27; es chilena por cuanto el dominio de esa plaza se dilucidó recién en 1929 (Tratado de Lima). Ella casó con León Bolaño Carne, de familia establecida en la región del Bío Bío, un año mayor, transportista y boxeador aficionado, el 10 de marzo de 1953, en El Almendral, Valparaíso. María Victoria falleció el 2008, en México. De esa información sólo deduzco razonablemente que Roberto vio la luz en la capital por circunstancias ocasionales y que su existencia adquiere memoria y experiencias recién en Valparaíso y en Quilpué. La cercanía a la costa se produce en parte porque una abuela vivía en Viña del Mar.


¿Robertito, cobrador de 7-8 años en esta góndola? Mito creado por él mismo o alguna vez lo sentaron junto al chofer de una góndola. (Según Wikipedia, Roberto Bolaño realizó su primer trabajo a los diez años como boletero de una línea de buses entre Valparaíso y Quilpué. Nota de Archivo Bolaño).


El circuito temprano y cronológico de nuestro personaje, es, en definitiva, Santiago, Cerro Placeres de Valparaíso, Quilpué (El Retiro), Cauquenes, Mulchén, Los Ángeles (allí cursa primeros años de la secundaria). Alguien asegura que en este último lugar está apareciendo el escritor. El mismo escritor que salta a Ciudad de México para hacer algunos cursos y terminando de graduarse en la bohemia literaria, con los “detectives salvajes”, allá mismo.

La última vez que yo había paseado por El Retiro, fue en 1958. Por supuesto que en bicicleta, restaurando una afición que me venía de muchos años antes por esas calles polvorientas. Y con prontor tomé una foto al pie de un estanque elevado de agua. Casi sesenta años después, en febrero del 2013, me animaban otras inquietudes pues siempre pienso que los amores de antaño no deben ser revividos. Por supuesto: ahora, calles pavimentadas, casas y más casas, una plaza enorme con canchas deportivas y maquinaria surtida para ejercicios.

Los motivos del lobo: la Junta de Vecinos El Retiro, con su presidente Gustavo Rojo, y rastrear in situ huellas de mi admirado escritor. Así conocí a Guillermo Bravo Cortez (nacido en 1950), que fue amigo del personaje, que vivió también su segunda infancia en ese barrio. Encendí la grabadora ante don Guillermo, pues las emociones y la memoria suelen tergiversar los testimonios verbales:

“Lo conocí  más o menos el 58 o el 59, pues mi familia vivía en calle Independencia 390, casa que mucho después se quemó. Los Bolaño estaban en la esquina del frente, Roosevelt 829, en una  quinta grande con una casa que tampoco existe ahora, pues hay cuatro casas”. (El lugar exacto corresponde en nuestros días a San Enrique nº 1890, donde la casa primitiva ha estado sometida a cambios). “La familia de Roberto estaba constituida por León y Victoria, sus padres, y por su hermana María Salomé. Los mayores trabajaban, lo que no era común en esos tiempos: él como camionero y ella como profesora, por lo tanto nunca estaban en casa durante el día. Los niños eran cuidados por Mariana, una muy buena nana. Todos ellos trataban muy bien a los amiguitos de Roberto, que éramos muchos. Don León, ex-boxeador, era alto, fornido, crespo, con bigote. Como en esa esquina terminaba el pavimento, más allá seguía La Rinconada, teníamos allí nuestra cancha para jugar: fútbol, las bolitas, trompos, a los pistoleros, a los indios. Íbamos a los cerros cercanos, un día Roberto se cayó ladera abajo y quedó todo rasmillado. En otra ocasión, ya oscuro, se cayó de cabeza a una alcantarilla sin tapas. Roberto tenía buena salud, no usaba anteojos. Íbamos al fundo San Jorge a robar uva. A veces nos metíamos a otras quintas pues nos gustaba la fruta. En la suya, cogíamos unas tunas rojas muy ricas, que vendíamos para tener monedas para comprar dulces. Había diferencias entre esa familia y la mía: yo tenía un caballito de palo y él un caballo de verdad llamado Zafarrancho, el cual montábamos dentro del sitio; yo tenía un autito de madera y él (su padre) tenía un camión grande; además, un perro, Duque. Jugábamos mucho fútbol, con toda la pandilla: él se creía Lev Yashin, y también se vestía de negro para ese puesto; gustaba siempre del arco y le decíamos el Araña Negra, igual que al otro, pues se creía el cuento. Y nosotros lo agarrábamos a pelotazos. Conoció a su ídolo en el Balneario El Retiro, en 1962, que estaba a una cuadra de distancia; allí íbamos siempre. También estuvo la selección brasileña, con Pelé. Era el Mundial del 62 y su mayor orgullo era el penal que Yashin le atajó a Pelé. Además pasábamos jugando en la cancha de tenis de ese club de El Retiro, donde llegaban muchas delegaciones de fútbol, como el Wanderers, Colo Colo, la U, la selección chilena, la brasileña... Era un niño introvertido, muy inteligente, llevado de sus ideas. La señora Victoria nos decía los domingos: Guillermo, Ricardo, Alejandro, vayan a mi casa a tomar onces. Roberto tenía en su dormitorio una gran biblioteca, leía mucho y nos pasaba libros para que leyéramos; él se destacaba en el grupo por su vocabulario educado para tratar a todas las personas y nosotros éramos, por decirlo así, la parte malula, porque usábamos palabras diferentes. Me siento orgulloso de haberlo conocido a él y a su familia, pues nos invitaban con frecuencia a tomar onces. Otros amigos: los Ahumada, los Silva, los Pizarro, que vivían cerca; y todavía nos vemos, porque somos la Comunidad del Chavo. La profesora que tuvo en la escuelita, dice que Roberto era disléxico. Eso no es cierto, hablaba muy bien, aun cuando era introvertido cuando no jugábamos. Estuvo sólo un año en esa escuela y después se fue al Colegio Alemán de Quilpué. Tampoco es cierto que anduvo de cobrador en góndolas porteñas; a lo mejor fue una broma de él y nada más. La familia vivía muy bien económicamente. Siempre hablaba de Angol o de Mulchén. Lo dejé de ver en 1965, cuando se fueron a Cauquenes; nunca más nos encontramos”.

Veamos el tema de la “dislexia”, citado en todas las biografías: es posible que, en la mini-escuela de El Retiro, Roberto se haya sentido desubicado, incomprendido. El establecimiento educacional era un pasillo lateral a la entrada de una casa antigua, con amplias ventanas y nada más. Tengo la foto con la profesora. El testimonio del señor Bravo es contundente. A Roberto se le recuerda también como un niño nervioso, hiperactivo. La dislexia es un trastorno del aprendizaje especialmente ante  la lectoescritura. ¿No era ya el niño Bolaño un formidable lector en su hogar de El Retiro? ¿El paso por la escuelita local tiene importancia en la vida de Bolaño? Las debilidades y fortalezas de nuestra niñez ocasionan conductas posteriores muy poco mecánicas; es decir, las debilidades pueden ser transitorias y generar después lo contrario, ciertos caracteres desafiantes. Por lo tanto, citar con insistencia morbosa aquel “defecto”, es ya una desmesura, algo impropio.


Calle Granada 1072, Escuelita Nº 98. Esta fue la primera “sala de clases” que recibió al pequeño genio. Testigos: doña Eliana Honores, ex Directora y don Gustavo Rojo, en esta visita.


Ahora bien, esta pequeña historia me estremece aun consciente de las tremendas distancias que cubrió Roberto y de los escasos metros de mi currículo. He estado revisando anotaciones y cuadernos desguañangados que guardo desde 1945, con miserias y sueños también de niño lector. Y vuelvo a recordar al poeta lárico Jorge Teillier que, después de leer a Rimbaud, le dijo a su mentor literario, Claudio Nostradamus Solar (en Victoria): “Yo quiero ser Rimbaud”, y nadie puede discutir que cumplió la orden de su espíritu. Roberto Bolaño hace fe de igual pasión al decidir ser escritor, en México, también a los quince años de edad. Si yo hice la misma promesa –está escrita-, ¿por qué hice tantos cambios de intereses (elección, en el fondo) justamente postergando una y otra vez los deberes de un escritor? Y aquí estoy, tarde pero divertido. No, no oso compararme, sino que marco las diferencias cuando existe una vocación y ésta se lleva adelante a todo riesgo. Esta es la lección profunda de Bolaño para nosotros, escritores chilenos y quizás de todo el mundo, cuando ha señalado con el dedo de que hay infinidad de poetas mal iniciados (incluso en sentido hermético). La literatura, como otras carreras, es exclusivista hasta el delirio y produce el abandono de muchos deberes o convenciones sociales. Ved la biografía de Neruda. Y es válido este decreto de la naturaleza para comprender el destino de un artista como Bolaño: primero, tuvo el deseo; segundo, adoptó una elección; tercero: se ató a un compromiso. Las fracciones o resultados totales exhibidos por cada poeta o artista corroboran el aserto.

Repitamos la secuencia vital de nuestro escritor: Santiago, Valparaíso, Quilpué, El Retiro, Deutsche Schule, Cauquenes…  ¡qué coincidencias –autocomplacientes- con mi carreteo de vida!  Sólo un cambio: dicho circuito comienza para mí en Cauquenes, mi ciudad natal y un viñedo que todavía existe. Mi primera memoria es de Santa Filomena, en la capital; después, intensamente,  Quilpué, el liceo de Viña, el mar y lo demás.

En mayo de 1962 Robertito pichangueaba con Pelé, Garrincha y Vavá en la íntima cancha del Hotel y Balneario Banco del Estado, en El Retiro. Días después yo presencié cómo Brasil vapuleaba al equipo de Chile en el Estadio Nacional. Así es la vida.

Al 28 de abril del 2017, Roberto Bolaño pudo haber tenido 64 años. Acordémonos de él. Releámoslo. Vale la pena.
 


Refugio Huelén, Olmué, junio 2017







lunes, 16 de octubre de 2017

Bolaño, en el callejón del Loro

Por Guillermo Esaín
El País, suplemento “El Viajero”. 06.06.2017




Si hay un novelista cuya figura no ha dejado de crecer universalmente es Roberto Bolaño (1953-2003). Epígono del boom latinoamericano, Bolaño vivió sus últimos 18 años en la Costa Brava (Girona). “Espero ser considerado un escritor sudamericano más o menos decente que vivió en Blanes y que quiso a este pueblo”. En este “paraíso sin estridencias” de unos cuarenta mil habitantes encontró la estabilidad emocional, familiar. La paz de quien ejerció de chileno errante.

Su peripecia vital fue la de un exiliado que hasta pocos años antes de morir no recibió el reconocimiento de sus colegas. Su voz literaria mantiene la frescura, dice Pilar Pagespetit, que le surtía de libros en la librería Sant Jordi: “Sus lectores, que pasan por mi librería venidos de medio mundo, suelen ser menores de 35 años, con lo que su sintonía con la juventud es incuestionable”.

Para atender el creciente peregrinaje de letraheridos, la oficina de turismo diseñó la “Ruta Roberto Bolaño”, a través de 17 puntos indicados con postes metálicos y documentados con sendas citas literarias. Siguiéndolos, comprenderemos no tanto su territorio literario cuanto su cotidianidad, que es barrida poco a poco por el paso del tiempo. En la documentación de la ruta figura su reportaje “La selva marítima”, que fue portada de El Viajero [suplemente del diario El País, especializado en destinos turísticos de España y el extranjero –Nota Archivo Bolaño-] en el año 2000.

El itinerario empieza en la estación de tren, adonde Bolaño llegó con su madre, dispuesta a abrir una tienda de bisutería. Quien haya leído El Tercer Reich reconocerá el barrio turístico de Los Pinos, en cuyo bar “Hogar del Productor”, antiguo reducto de marginalidad, solía dejarse caer el autor de las gafas redondas. No muy lejos, en la plazuela lindante al colegio, Bolaño esperaba la salida de su hijo Lautaro, escudriñando su mar preferido. En el farallón de Sa Palomera, caminable hasta la cúspide, da comienzo topográficamente la Costa Brava. Enfrente, el restaurante Sa Malica ofrece paellas y pescado fresco, y Es Blanc, ambiente lounge para una copa. Agrada dialogar con Santi Serramitjana en su tienda “Joker Jocs” (Bellaire, 39), que dio rienda suelta a la afición bolañiana por los juegos de estrategia (como evidencia: El Tercer Reich). Tan obligado es detenerse en la Fuente Gótica, “la joya de la villa”, según el autor, como paladear un helado artesano en la Gelateria Venecia (Cortils i Vieta, 46). En el bar Terrassans, epicentro de la vida blandense, Bolaño pedía, antes que los clásicos calamares a la romana, infusiones de manzanilla y churros, para llegarse después al Carrer del Lloro, al que se accede una vez atravesado el arco de los santos copatronos, Bonoso y Maximiano, representados en el dintel. El silencio tiene aquí una consistencia mineral; la que contribuyó al recogimiento propicio para la gestación de Los detectives salvajes, novela con la que el chileno llegó al gran público.

Fue en la segunda planta del número 23 del Carrer del Lloro donde fijó su estudio, el sanctasanctórum de su mapa literario. Una pintada destila poder de conmoción: “Déjenlo todo nuevamente” (el texto completo es “Déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos”, tomado de su primer manifiesto poético infrarrealista). El viajero, seguramente con el beneplácito de Bolaño, hilvana a partir de ahora un recorrido de trazas detectivescas. Por la calle de la Unió emboca la de Girbau, flanqueada por brillantes aspidistras, plantas de casi 40 años de edad. En el número 2 comprobamos cómo se repite la pintada, junto a un dibujo que tiene mucho de abracadabra para quien no haya leído Los detectives salvajes. Se trata de un juego de agudeza visual en el que, según Arturo Belano, alter ego del escritor, cuatro mexicanos velan un cadáver.

A Bolaño le gustaba vivir rutinariamente aislado del trajín editorial de Barcelona. El hilo conductor de la ruta nos lleva a la farmacia y a la papelería donde se aprovisionaba, así como a sus viviendas familiares. Como una experiencia de hallazgos concatenados, entramos en la librería Ça Trencada (Roig i Jalpí, 10) para tomar contacto con la Biblioteca Bolaño, que está reeditando Alfaguara. La pista de hielo, sin duda, es el título que mejor describe al municipio costabravense. De aquí saltamos al número 23 de la misma calle, al estudio del artista local Serrano Bou. En el escaparate, varias novelas de Bolaño a los pies de una obra de tintes simbólicos, Inclement, vehement —­cuchillos y suspensorio incluidos—, basada en el relato “Putas asesinas”. Muy a mano está el restaurante laBalma, de trato familiar, igual de recomendable que el gastrobar Sa Lola, situado en el paseo. Quedan un poco más allá los exvotos marineros de la ermita de la Esperanza. Después recalamos junto al puerto para tomar un vermú en la estupenda terraza L’Hivernacle. Colgado sobre el mar, el jardín botánico Marimurtra fue fundado en 1921 por el alemán Karl Faust y pide ser recorrido nada más abrir, a las nueve de la mañana. Destaca el estiloso templete de Linneo.

Rematamos la ruta en el poste número 8, en el paseo marítimo. “Quiero dejar mi cuerpo en la playa, tal vez alguna persona se acerque y se lo lleve”, escribió al final de su vida. Enfrente, la bahía de Blanes, “bellísima”, guarda las cenizas de este autor de culto desaparecido prematuramente, generador como pocos de vocaciones literarias. Ya era un clásico indiscutido.


Guía: En el apartado de ‘Qué visitar’ de www.visitblanes.net (Oficina de turismo de Blanes) 
se puede descargar el folleto de la ruta literaria de Roberto Bolaño en Blanes.





martes, 26 de septiembre de 2017

El arcón de Roberto Bolaño

Por Christopher Domínguez Michael
Zonaliteratura.com, 30-10-2016



 
Prólogo a El espíritu de la ciencia-ficción

Hay quienes, desde hace tiempo, pasaron de la sorpresa al disgusto al corroborar que del arcón de Roberto Bolaño, como del de Fernando Pessoa, siguen saliendo inéditos. A mí más bien me entristece que, fatalmente, esos regalos acabarán por terminarse aunque parezca infinita la capacidad del escritor de seguir sorprendiéndonos desde ultratumba, como lo hubiera querido Chateaubriand, un autor que no estaba de moda en la década de los setenta pero que Bolaño leyó pues, en sus años mexicanos, las Memorias de ultratumba, del vizconde, dormían el sueño de los justos en las librerías Zaplana y Hamburgo, sin duda frecuentadas por él, ya que no había, en ese entonces en la Ciudad de México, muchas otras.

Pasó el momento, también, de la incredulidad suspicaz ante Bolaño. Ya no se oyen las voces estridentes de quienes se sintieron desplazados por la irrupción de escritor genial en el último minuto (autores de su generación en ambas orillas del Atlántico) o de los profesores perezosos ante la evidencia de que el canon tendría que ser modificado por culpa del chileno. Tampoco cosechan demasiado crédito quienes —pues no sólo en política sino en literatura abundan las teorías de la conspiración— adjudican la posteridad de Bolaño a una siniestra operación del mercado editorial. Me he opuesto, pues está en mis deberes como crítico literario, a los excesos de los editores, a su necesidad de dar gato por liebre, pero en el caso de Bolaño, aducir su fortuna al mercadeo es, o no haberlo leído, o ignorar que la novela nació liada al comercio desde los tiempos de Walter Scott, Balzac o Eugène Sue, o, finalmente, creer que la literatura en lengua española sigue necesitando del empujón de los editores para demostrar una grandeza cinco veces centenaria, con sus altibajos cíclicos, desde Cervantes, o un poco más que centenaria, si pensamos sólo en Rubén Darío. La historia de la literatura también incluye a quienes la hacen materialmente posible, a los editores y, de un tiempo para acá, a los agentes literarios, unos y otros con sus miserias y sus grandezas.

Es materia de la teoría de la percepción averiguar por qué la lengua inglesa, tan reacia (peor para ella y su público) a traducir, se prendó de Bolaño, y para ello se han escrito obras seminales como la de Wilfrido H. Corral, Bolaño traducido: nueva literatura mundial (2011), y habrán de seguirse publicando muchas otras como corresponde a la estatura de un clásico. Y por último: hace rato se demostró la flojera mental de quienes necesitaron, como si fuese necesario, «vender» a Bolaño como un poeta maldito o como un enganchado a las drogas que, milagrosamente, dejó no sólo una obra magnífica en vida sino un arcón de inéditos sólo comparable, insisto, al del poeta portugués Fernando Pessoa. Nada tengo en contra de los malditos —de hecho, tras este texto me ocuparé, feliz, de Verlaine y Darío— pero Bolaño resultó ser de otra estirpe, la de los Thomas Mann, la de quienes —ya lo decía Jules Renard— dan a medir su genio no sólo por la calidad sino por la cantidad. Sé que la anterior afirmación molestará a quienes ven en Bolaño sólo la iconoclastia y el postvanguardismo, pero me temo que se equivocan.

No queda duda de que el gran narrador hispanoamericano del tránsito entre los siglos XX y XXI fue Bolaño, y la progresiva aparición de sus inéditos no hace sino confirmarlo. Fatalmente, también, es imposible la lectura de una novela de juventud como El espíritu de la ciencia-ficción haciendo abstracción de que se trata de un clásico moderno. Nadie puede leer a Pessoa o a Bolaño inocentemente. Habremos de morir quienes fuimos sacudidos por el fenómeno Bolaño para que otras generaciones lo juzguen más allá del temor y del temblor, rectificando o corrigiendo nuestra admiración, limando de ella cuanto sea exagerado o contingente.

El espíritu de la ciencia-ficción, terminada en Blanes en 1984, es una buena novela de juventud. Una asumida Bildungsroman, como lo fue, desde luego, Los detectives salvajes, de la cual esta obra es un probable antecedente, o más bien, de ella pueden extraerse numerosos elementos, de alguna manera iniciáticos (por tratarse de una obra primeriza y porque, como yo lo creo, nuestros primeros libros son, afortunados o desgraciados, ritos de iniciación), útiles para el estudio del conjunto de su obra. A diferencia de otras obras póstumas, como El Tercer Reich (2010), una en sí misma, autónoma dentro del ya bien cartografiado universo de las obsesiones bolañescas, o Los sinsabores del verdadero policía (2011), un ejercicio previo a 2666 (2004), este inédito es un libro relativamente solitario, obra de un narrador aún inseguro del camino a tomar justamente por razones de genio. Cualquier otro autor —no Bolaño— hubiese hecho publicar El espíritu de la ciencia-ficción y no le hubiera faltado editor, pero el chileno (y mexicano y catalán) tenía un proyecto enorme, lleno de dificultades y pruebas, en el cual decidió experimentar, absteniéndose de publicaciones precoces, acaso convencido secretamente del destino clásico de su trabajo.

El espíritu de la ciencia-ficción, desde luego, es un libro muy familiar para el lector avezado de Bolaño. No voy a contar la trama —pecado de prologuistas y escritores de solapas que procuro evitar— pero sí a señalar algunos aromas despedidos por la novela. A Bolaño —no podía ser otra cosa tratándose de un escritor tan sólidamente profesional— le obsesionaba la condición del escritor, sus patologías habituales (Cyril Connolly dixit) y, de manera señalada, su propia naturaleza de escritor en formación (no necesariamente joven). Por ello, como Borges y Bioy Casares chismeaban a sus anchas temas a la vez menudos y graves como los concursos literarios, aun los remotamente provinciales, a Bolaño le llamaban la atención esas aparentes menudencias, pues creía, con Paul Valéry, en los pesos y medidas que rigen el boceto de la literatura, su producción (la palabra es horrible pero no hay otra).

Por ello, los talleres literarios, tan comunes en el México de los años setenta, o los concursos literarios, que en la España anterior a 2008 se convirtieron en una gigantomaquia, ocupan a Bolaño desde su juventud y son parte esencial de El espíritu de la ciencia-ficción, como el autorretrato práctico del artista joven, visto por esa mezcla de solemnidad ante la Literatura como destino y de sentido del humor ante sus convenciones tan propia de Bolaño. No falta tampoco la iniciación de los personajes de Bolaño como reseñistas en suplementos culturales donde se asoman las personalidades, entonces ya protervas, de escritores del otro exilio, el español. Todo ello mediante el homenaje seminal —el primero que le leo en la cronología, al menos la pública, de su obra— a la Ciudad de México, mi antiguo Distrito Federal, que tuvo en Bolaño, quién lo hubiera pensado, a su bardo mayor. Lo quiso ser Carlos Fuentes, a la manera de John Dos Passos, en La región más transparente (1958), pero su vida cosmopolita lo alejó de una ciudad que le disgustaba y a la que (como Bolaño, a su manera) prefería oír. Compulsivamente en Fuentes, selectivamente en Bolaño, ambos grabaron el habla de la Ciudad de México de una manera sorprendente. Y por ello, además, no es extraño que Bolaño y los infrarrealistas se hayan resguardado bajo el poder poético de Efraín Huerta (1914-1982), poeta por desgracia poco conocido en la península, cuyas declaraciones de amor y de odio a la capital mexicana debieron ser, para el joven escritor y sus amigos rechazados por la diosa Fortuna, las tablas de la ley.

Siempre será misterioso, para un mexicano, qué vio el joven Bolaño en la Ciudad de México, tan maldecida por sus habitantes mediante una suerte de orgullo invertido, y cómo, tal cual se lee en Los detectives salvajes y en 2666, descubrió —al mismo tiempo que nuestros narradores propiamente norteños— el norte de México, que hasta los años ochenta carecía de personalidad literaria y hoy, por las peores razones —las de la violencia narca—, es lo más conocido del país, también por buenas razones: los libros de Bolaño, y con los suyos los de Jesús Gardea, Daniel Sada, Eduardo Antonio Parra, Yuri Herrera, Julián Herbert y Carlos Velásquez, entre otros pocos, son averiguaciones morales y lingüísticas sobre el mal, el desierto, la frontera.

Aparece en El espíritu de la ciencia-ficción, por primera vez, Alcira Soust Scaffo, la madre de los poetas desamparados, que será protagónica en Los detectives salvajes y en Amuleto (1999), pero en este libro importa más cómo describe Bolaño la lectura grupal de los textos primerizos entre los talleristas, otro rito de iniciación que Bolaño ve con un respeto inédito e inverosímil. Con todo, lo esencial en esta primera novela es otra cosa, decisiva para el proyecto de Bolaño: su noción de futuro invoca la ciencia-ficción pero no es exactamente esa literatura, en general anglosajona o francesa, de anticipación científica.

En las cartas que Jan Schrella (alias Roberto Bolaño, p. 206) escribe, en El espíritu de la ciencia-ficción, a sus escritores favoritos de ese género o subgénero (la discusión es ardua), no está una fijación de Bolaño con la juvenilia, es decir, la lectura de iniciación en libros «no del todo serios» antes de abordar a los antiguos clásicos o a los clásicos contemporáneos (yo, si el ejemplo sirve, leí primero a Rulfo, Paz y al Boom, y después, no sin la mirada reprobatoria de mi padre por desviacionismo, a H. P. Lovecraft, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke). Hay que buscar en otro lado. En la Universidad Desconocida de la cual Bolaño fue el fundador y único alumno.

La gran aportación de Bolaño a la literatura mundial no fue, desde luego, cerrar el realismo mágico (cerrado estaba desde tiempo atrás), ni volver a clásicos latinoamericanos ignorados, peor para ellos, por la academia anglosajona, como los padres de Borges, un Oliverio Girondo o un Macedonio Fernández, quienes demostraban que nuestra madurez, ignorada a lo lejos, ya tenía sus años, sino variar la noción de futuro en la literatura moderna. No fue el único pero en ello Bolaño fue ejemplar, y la primera prueba la tenemos aquí, escrita en Blanes, en 1984, el año de Orwell, acaso no casualmente.

La ciencia-ficción no era para Bolaño, como lo sería para un lector ordinario, una mera premonición de viajes espaciales, planetas extraterrestres habitados por alienígenas o colosales adelantos tecnológicos, sino un estado moral, la búsqueda invertida del tiempo perdido, y por ello su obra es incomprensible sin la lectura de Ursula K. Le Guin o Philip K. Dick, quienes moralizaron el futuro como una extensión catastrófica del siglo XX. Aquélla sería una supermodernidad probablemente fascista —en los años ochenta Bolaño, cosa rara, conocía a los escritores de derecha de la Acción Francesa, entonces del todo olvidados— y en El espíritu de la ciencia-ficción reside, es probable, el secreto de 2666. La novela, para Bolaño, no es cronológica, sino moral, y esa ética sólo puede entenderse, exacta anticipación suya, mediante una suerte de teoría de los juegos, lo que explica un libro como El Tercer Reich. Si el detective, como ya dijeron otros comentaristas antes que yo, es una forma callejera del intelectual, la práctica de los videojuegos es un rudimento de la historia universal, una proyección que rompe la linealidad del tiempo. Es El espíritu de la ciencia-ficción.

Además de todo ello, de ser una novela de iniciación literaria, también lo es de iniciación sexual y amorosa. En pocas ocasiones la literatura de nuestra lengua había mostrado, como en El espíritu de la ciencia-ficción, los dolores, las dificultades, las angustias del joven varón ante lo que Henry Miller llamaba con exactitud «el mundo del sexo». Ojalá el arcón de Roberto Bolaño nunca se cierre.


Coyoacán, septiembre de 2016








martes, 29 de agosto de 2017

Alicia Scherson lleva al cine el “El Tercer Reich" de Roberto Bolaño

Por Anna Marie de la Fuente
Variety.com, 08.2017


 
Alicia Scherson (Vida Familiar, Il Futuro) se une a la productora Isabel Orellana en Araucaria Cine para abordar el mundo masculino por primera vez en su segunda adaptación de una novela de Roberto Bolaño, después de Il Futuro, su adaptación al cine de Una novelita lumpen, del escritor chileno.

"La mayoría de mis películas han mostrado una perspectiva más bien femenina. Por esta razón, era un importante desafío para mí el sumergirme en el mundo interno de un hombre, en este caso, un hombre obsesionado con los juegos de guerra”, dijo Scherson.

Después de luchar con el guión durante un año, cambiar el título (a 1989) y el escenario original de España a Chile, logró que todos los elementos dispares encajaran en su lugar.

1989, nombre de la película se lleva a cabo en Chile durante la época de la transición, justo después de la dimisión del dictador Augusto Pinochet y antes de que se estableciera el gobierno democrático. “Es un momento de gran incertidumbre, el Muro de Berlín ha caído y 1989 se desarrolla en esa atmósfera, tal vez con un tono similar a El Inquilino de Roman Polanski o Barton Fink de los hermanos Coen”, dijo.

1989 gira en torno a un turista alemán, Udo Berger, que visita Chile con su novia. Berger está obsesionado con el juego de mesa "Ascenso y caída del Tercer Reich", del que es campeón en Alemania. Ambos comparten con una pareja argentina hasta que el muchacho argentino desaparece en el mar. Berger se queda en Chile para averiguar qué pasó, encontrándose en el intertanto con algunos personajes sombríos, liderados por el misterioso ‘Quemado’. Así, la historia "se convierte en un thriller psicológico, sin perder su humor", dice Orellana, quien agrega que el proyecto tiene un presupuesto inicial de 700.000 euros (823.000 dólares) "pero esto podría aumentar dependiendo del elenco internacional".

[...] Esta es la primera colaboración dirección-producción entre Scherson y Orellana, quien fue, curiosamente, estudiante de Scherson en la Universidad de Chile, donde Scherson es profesora asociada.
 





lunes, 21 de agosto de 2017

¿Cómo llegó Roberto Bolaño a la literatura? Una exposición de sus cartas lo responde

Por Emilio Contreras
Biobio.cl. 11.07.2017


Exposición: 4.07.2017/1.09.2017

Biblioteca Nicanor Parra, UDP

 
Si algo tuvo claro siempre Roberto Bolaño era que quería convertirse en escritor, costase lo que costase. Así lo pone de manifiesto la correspondencia que mantuvo durante casi veinte años con la crítica literaria chilena Soledad Bianchi. Cartas, la mayoría manuscritas, poesías y hasta borradores de novelas que intercambió con esta crítica literaria y editora de revistas que acaba de vender este material a la Universidad Diego Portales de Chile y que desde la semana pasada se expone en la Biblioteca Nicanor Parra, uno de los referentes del escritor chileno.

“(De) lo que nunca quedó duda, de carta en carta, es su porfía y pasión por la literatura“, dice Bianchi en un aula de la cátedra consagrada a Bolaño, hoy encumbrado al altar de los mejores exponentes de la literatura latinoamericana. “Él quiere ser escritor y sabe que lo será, aunque deba dejarse el pellejo”, agrega. “Con modestia, verdadera o falsa, Bolaño aclaró que, mientras los españoles escribían bien pero no tenían historias que relatar, a él no le faltaban asuntos para contar y esa era su gran ventaja”, dijo en noviembre de 1998, cuando la novela Los detectives salvajes, que le elevaría al panteón de las letras en español, estaba ya a punto de salir.

A través de estas cartas, nos enteramos de cómo Bolaño gestó su consagración literaria, que casi no pudo disfrutar debido a su muerte temprana en 2003, a los 50 años. La exposición: “El escritor joven y la crítica: muestras del epistolario Bianchi/Bolaño”, da fe de esta relación epistolar entre 1979 y 1997, durante su afincamiento en Girona (España), tras vivir antes en México. Una relación reducida al correo, puesto que en casi veinte años escritor y crítica, que vivía exiliada en Francia, solo hablaron un par de veces por teléfono. Se conocieron en 1998, en Chile, tras el fin de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). Sus cartas, con una letra clara y ordenada, reflejan la evolución de la creación literaria del escritor todavía en ciernes. Por ejemplo, el esbozo argumental de Monsieur Pain, que se convertiría en La senda de los elefantes, en 1984. También hay referencias a El espíritu de la ciencia ficción, que se publicó de manera póstuma en 2016. Pero sobre todo nos permiten enterarnos de cómo vive en Girona, “un pueblo miserable pero con bonitas ruinas medievales“, de su vieja estufa eléctrica, de que baila para soportar el invierno, de la música que escucha, de su revista “Berthe Trepat”, que cierra al tercer número porque ya no encuentra poemas para publicar. Bolaño también está interesado en que lo lea Antonio Skármeta, escritor y paisano, y nos enteramos de que vive solo “desde hace varios años en un departamento a pocos metros del de mi mujer” en la misma calle, el carrer del Lloro de la ciudad catalana.


Vida de penurias

En casi todas, el hilo conductor son las penurias, aunque eso no le hace perder el humor: “Desde 1993, vivo únicamente de la literatura, es decir: vivo pobremente (ahora que lo pienso, como siempre)“.

“Para subsistir se había presentado una y otra vez a innumerables concursos convocados por ayuntamientos e instituciones”, explica Bianchi. En las cartas manuscritas, suele firmar con una gran “R”. “Al parecer fui yo quien contactó a Bolaño el 17 de agosto de 1979, fecha de la carta más antigua que encontré”, explica Bianchi en la cátedra en homenaje al escritor. Le escribió para solicitarle colaboraciones poéticas para la revista cultural “Araucaria de Chile“, la revista de referencia del exilio chileno, ligada al Partido Comunista, de la que Bianchi era una de las editoras. Por aquel entonces, Bianchi, exiliada en Francia, había leído algunos de los escritos de Bolaño y de su amigo Bruno Montané, también chileno.


Obsesivo

Según la editora, Bolaño era bastante obsesivo en sus preocupaciones e intereses y hay asuntos sobre los que vuelve una y otra vez a riesgo de ser “majadero”, como él mismo reconoce. A partir de sus cartas podría hacerse un listado de ocupaciones y preocupaciones propias y de su entorno: lecturas, futbolistas, cosas curiosas, cantantes, adición a los juegos de guerra, dice Bianchi.

Esta correspondencia se va interrumpiendo y espaciando al regreso de Bianchi a Chile en 1987, año en que por fin se vieron las caras. Después llegó el éxito, con títulos como Los detectives salvajes, ganadora del Premio Herralde en 1998 y el premio Rómulo Gallegos en 1999, y la póstuma 2666, hasta convertirse, después de su muerte en uno de los escritores más influyentes de la literatura en español.



Mayores informaciones sobre la exposición: 
http://www.udp.cl/agenda/detalle.asp?agendaId=4861







martes, 25 de julio de 2017

Roberto Bolaño regresa a Chile

Por Javier García
La Tercera, Culto. 23.07.2017
http://culto.latercera.com/2017/07/23/roberto-bolano-regresa-a-chile/  



 
Tres extensos relatos integran Sepulcros de vaqueros, un nuevo volumen póstumo del autor de Los detectives salvajes, que llegará a librerías en septiembre editado por Alfaguara. En ellos narra sus años de juventud y el viaje que hizo al país en septiembre de 1973.

“Por el amor de Cristo, si sabes de alguna beca para mí, cógela de donde sea”, escribe un veinteañero Roberto Bolaño a inicios de los 80 a una de sus corresponsales de aquellos años, quien lo será durante una década: la crítica literaria Soledad Bianchi. Ambos chilenos, él está en Girona, España; ella, en un barrio cercano a París, Francia.

“Trabajos múltiples, entre ellos la acumulación incesante de cuentos escritos y soñados, malos y buenos”, agrega Bolaño, empeñado en ser reconocido como escritor. “Hasta ahora sin noticias de la agencia Balcells. Prefiero no llamarlos y escribir”, dice en otra misiva de 1985. En esa apuesta envía una y otra vez sus relatos y poemas a diversos concursos de España, donde se quedaría luego de vivir su adolescencia en México.

“Bolaño era bastante obsesivo en sus preocupaciones e intereses y hay asuntos a los que vuelve una y otra vez a riesgo de ser majadero, como él mismo dice”, comentó Bianchi a inicios de julio en la Cátedra en homenaje a Roberto Bolaño de la UDP, donde se refirió a su relación epistolar con el autor de 2666, considerado hoy el narrador latinoamericano más influyente del siglo XXI.

Nacido en Santiago en 1953, y fallecido en Barcelona en 2003, Bolaño vivió la mayoría de sus 50 años fuera de Chile. Sin embargo, la historia y la tradición literaria nacional fueron su obsesión. Y mantuvo una atención permanente sobre el país, como lo demuestran sus entrevistas, opiniones, artículos, poemas, cuentos y novelas como Estrella distante y Nocturno de Chile.

Una nueva muestra de esa obsesión llegará en septiembre con Sepulcros de vaqueros, el noveno libro póstumo del autor de Los detectives salvajes.


En la carretera

“De Chile me fui a los 15 años. Me fui a México con mi familia, volví solo a los 20, porque quería integrarme al proceso de la Unidad Popular”, dijo Roberto Bolaño en una entrevista en Santiago, en 1998, cuando regresaba al país después de 25 años de ausencia.

El sudaca indocumentado, que terminó siendo elogiado por Susan Sontag y John Banville, regresa al territorio de sus obsesiones en Sepulcros de vaqueros, libro inédito que editorial Alfaguara distribuirá desde septiembre en Latinoamérica y España.

En el ejemplar, compuesto de tres extensos relatos o nouvelles, vuelve a estar presente el imaginario de Chile. Sobre todo su propio paisaje: la épica de juventud que construyó sobre la base de sus recuerdos. Los títulos incluidos en el volumen son “Patria”, “Comedia del horror de Francia” y “Sepulcros de vaqueros”. Todos ellos escritos entre 1996 y 2001.

La edición de los cuentos aparece a menos de un año de la publicación de la novela inédita El espíritu de la ciencia ficción. Escrita en 1984, esta fue el estreno de su cambio de casa editorial, desde Anagrama a Alfaguara del Grupo editorial Penguin Random House. Los herederos de Bolaño a través de su representante, el agente Andrew Wylie, difundieron la noticia en marzo de 2016. Así, igualmente se anunció la publicación de la totalidad de su obra, que incluye 21 libros, entre poesía, ensayos, cuentos y novelas.

Sepulcros de vaqueros será el noveno libro póstumo del autor que en vida obtuvo el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos. Entre esos títulos están El Tercer Reich, El secreto del mal y Los sinsabores del verdadero policía.

Fue justamente en esta última novela, llegada al mercado en 2011, donde la viuda de Bolaño, Carolina López, da pistas en una nota. En ella se refiere a una carpeta titulada “Sepulcro de vaqueros” que contenía ocho capítulos de esa novela (Los sinsabores…), además de “materiales pertenecientes a otro proyecto inacabado”. ¿Un nuevo libro de cuentos? ¿Una novela en proceso? Lo cierto es que los trabajos de escritura de Bolaño fueron su laboratorio para futuras creaciones.

“Comedia del horror en Francia” es el relato más alejado de Chile. El texto más literario. En él se cuenta la aventura de Diodoro Pilon, quien tropezará con un misterioso grupo clandestino surrealista, que recluta nuevos miembros llamando a cabinas telefónicas de todo el mundo. Los otros dos relatos tienen a Sudamérica en el centro. Y sobre todo se confunden con la biografía de Bolaño en sus años de juventud posterior al movimiento infrarrealista que describió en Los detectives salvajes.

Dispuesto a hacer la revolución, Bolaño llegó desde México al país, con morral y pelo largo, en 1973. Pasó por Centroamérica, después hablaría de aventuras guerrilleras en esa región, y ya en Chile estuvo en Santiago y luego en el sur, donde visitó a familiares y estuvo ocho días detenido.

Arturo es el protagonista del cuento “Sepulcros de vaqueros”. El joven poeta viaja desde México a Chile para apoyar los cambios que se están produciendo en el país. Son días agitados. En ese trayecto de miles de kilómetros, se cruzará con un predicador, un ejecutivo y una impredecible cabaretera.

Mientras otro joven, Rigoberto Belano -quizá el proyecto de su alter ego, Arturo Belano- es el personaje central del relato “Patria”. Belano asiste a la caída de la democracia chilena y ve cómo el Golpe de Estado de Pinochet derriba su vida entera. La estadía para Belano será un caos.






miércoles, 5 de julio de 2017

Una ucronía literaria bajo árboles sin sombra*

Por Jessica Atal
Revista La Panera, Chile. 10.01.2017
 


 
«Viento blanco», de Carlos Almonte, no es, en rigor –según su autor-, un homenaje a Roberto Bolaño, sino “un gesto de amistad y de extrañamiento”. Una vez leída «Los detectives salvajes», surgió en Almonte la necesidad de volver a interactuar con los personajes de la novela. “Tenía ganas de saber más de sus vidas”.

No es fácil seguir el camino de Bolaño y muchos se pierden en el intento, pero en el caso de Almonte, escribió una buena obra, poética, atrevida, una historia que transcurre entre poetas “de putamadre”, de esos que “algo se traen entre rimas”.

Los capítulos se estructuran en torno a sus personajes favoritos: Font, Salvatierra, Lupe, Piel Divina, Belano… Aquí siguen con una “nueva vida”, en otros contextos, en un relato que da para “tanta posibilidad y sub-posibilidad y sub-sub-posibilidad”, que hasta la misteriosa Cesárea Tinajero, fundadora del movimiento de los “real visceralistas” en «Los detectives salvajes», reaparece con poemas y reflexiones, entre litros de tequila, como si la vida se tratara de episodios sueltos, desarticulados, cuentos sin final, armados por una sintaxis a veces abrumadora, suprarrealista. Los hechos parecen no conducir a ninguna parte, a pesar de la infinidad que se mencionan (no sabemos exactamente si ocurren o no), como si, al igual que pasa con los personajes, el relato perdiera “toda coordinación, toda conexión interna y externa”. Sin duda, se trata de un texto metaliterario, es decir, un texto que interactúa con otras obras literarias; en este caso, con la de Bolaño. En palabras de Almonte, es una “ucronía metaliteraria”, ya que si en una ucronía la trama ocurre en un mundo desarrollado a partir de un momento rastreable, en «Viento blanco», el punto de partida es también ficción, es otra ficción.

Esta es también una novela coral, donde conviven personajes, sus visiones y peculiares formas de actuar. Todos ellos, sus historias, manías o fetiches, confluyen hacia una búsqueda común, representada parcialmente en cada capítulo y, fundamentalmente, en la unión de todas las partes. Por esto, la novela se puede leer por capítulos, pero es la fusión total la que permite desentrañar su misterio. «Viento blanco» tiene una alta dosis lírica que transcurre en paisajes desolados, yermos, solitarios: tormentas de nieve, montañas lejanas, desiertos, lugares de la ciudad donde los personajes viven su soledad, etc. Pero nos quedamos, por cierto, con la sensación de que el destino final es hacia la nada, pues es allí, tal vez, donde se encuentren. Buena literatura, para lectores exigentes, sin ningún rasgo liviano.



*El título refiere a un artículo que versa sobre dos libros: Viento blanco (de Carlos Almonte) y Árboles sin sombra, volumen de cuentos de Graciela Pino Gaete. El artículo completo puede encontrarse en: http://www.lapanera.cl/una-ucronia-literaria-bajo-arboles-sin-sombra/